
Azúcar, espías y el Sha: la conexión olvidada entre República Dominicana e Irán
Octubre de 1958. En un pequeño salón privado de Teherán, Mohammad Reza Pahleví, el Sha de Irán, cena rodeado únicamente de familiares y amigos cercanos. Hay un solo extraño en la mesa: un diplomático dominicano. Según su propio reporte, fue el único representante extranjero invitado esa noche.
Es un momento insólito. República Dominicana e Irán estaban separados por un océano, hablaban idiomas distintos y no tenían ninguna razón evidente para acercarse. Y sin embargo, entre 1958 y 1961, ambos países construyeron una relación tejida de azúcar, petróleo, policía secreta e intriga de Guerra Fría.
En el centro de todo estaba ese diplomático: Leland Rosemberg, uno de los personajes más singulares de la historia diplomática dominicana.
UN DIPLOMÁTICO CON LLAVE A PALACIO
Rosemberg era un empresario judío nacido en Suiza que se había hecho ciudadano dominicano bajo Rafael Trujillo. Se movía con soltura por los círculos de la élite europea, contaba a Porfirio Rubirosa entre sus amigos y era cercano a Ramfis, el hijo del dictador.
Pero su conexión más importante con Irán llegó por otra vía: su esposa, la princesa Minu Dowlatshahi. Ella había estado casada previamente con el príncipe Hamid Reza Pahleví, hermano del Sha. A través de ese vínculo, Rosemberg tenía acceso —poco común para cualquier diplomático— a la corte imperial iraní incluso antes de convertirse formalmente en representante dominicano ante Teherán.
En julio de 1958, el gobierno dominicano inició el primer contacto formal con Teherán. Meses después, Rosemberg llegó a Irán como encargado de negocios. Operó primero desde un hotel en el centro de la capital y, en noviembre, abrió la legación dominicana. Fue una diplomacia construida menos sobre instituciones que sobre relaciones personales —y las de Rosemberg llegaban muy alto.
EL LADO DULCE DE LA ALIANZA
El azúcar era el gran interés económico dominicano. Irán era uno de los mayores importadores de azúcar refinada del mundo, mientras la agitación política en Cuba trastocaba el comercio azucarero caribeño. El azúcar dominicano ya llegaba a Irán desde 1956, pero el gobierno de Trujillo quería una porción mayor y directa de ese mercado.
Rosemberg insistió una y otra vez ante funcionarios iraníes y ante el propio Sha. Irán, por su parte, tenía razones para diversificar sus fuentes lejos de Cuba tras el triunfo de Fidel Castro. En 1960, funcionarios iraníes discutieron la compra de azúcar dominicano para una nueva refinería, y el Sha ordenó a sus más altos funcionarios avanzar las negociaciones.
El plan pronto se volvió aún más ambicioso: Irán intercambiaría petróleo por azúcar dominicano.
PETRÓLEO, SANCIONES Y UN PLAN SECRETO
Para agosto de 1960, el régimen de Trujillo estaba cada vez más aislado. La Organización de Estados Americanos condenó al régimen dominicano en la Sexta Reunión de Cancilleres, celebrada en San José, Costa Rica, tras el intento de asesinato del presidente venezolano Rómulo Betancourt; un mes después, la ONU aprobó una nueva ronda de sanciones económicas sobre importaciones de petróleo y maquinaria. República Dominicana necesitaba con urgencia fuentes alternas de combustible y nuevos socios comerciales.
Irán ofreció una posible salida.
El Sha autorizó negociaciones secretas para un intercambio de azúcar por petróleo. Como Irán carecía de suficiente capacidad de refinación, un plan proponía enviar crudo iraní primero a una refinería en Italia antes de despacharlo a República Dominicana. Otro contemplaba construir una refinería en suelo dominicano con financiamiento y asistencia técnica internacional. Delegados dominicanos viajaron a Teherán, mientras Rosemberg coordinaba discusiones que involucraban intereses iraníes, italianos y franceses.
Washington no vio esto con buenos ojos. La embajada estadounidense en Teherán notificó al gobierno iraní que los fondos recibidos de la International Cooperation Administration no podían usarse para comprar azúcar cubano ni dominicano, y presionó a Irán para que comprara a otros socios usando barcos estadounidenses —lo que habría disparado los costos. Las
autoridades iraníes le confirmaron a Rosemberg que no se dejarían presionar por Washington y buscarían otras vías para honrar el acuerdo.
Cuando Venezuela más tarde consideró bloquear los envíos de petróleo a República Dominicana, funcionarios iraníes le dijeron a Rosemberg que Teherán proveería el crudo necesario y continuaría las negociaciones de trueque. El proyecto de la refinería avanzaba sobre el papel —pero la historia se movió más rápido.
UNA ALIANZA DE INTELIGENCIA
La relación tenía un lado más oscuro. Tanto Trujillo como el Sha encabezaban regímenes ferozmente anticomunistas, con aparatos de seguridad poderosos. Desde 1959, funcionarios dominicanos y la SAVAK, el servicio de inteligencia iraní, exploraron una cooperación contra quienes consideraban "subversivos".
Documentos citados en el capítulo muestran al jefe de la SAVAK, el general Teymour Bakhtiar, discutiendo con Rosemberg listas de presuntos comunistas. Los agentes iraníes también recibieron instrucciones de vigilar la actividad venezolana en Medio Oriente, mientras Teherán seguía con alarma los viajes diplomáticos del Che Guevara. Venezuela importaba no solo por su oposición a Trujillo, sino porque se perfilaba como una potencia petrolera y pronto ayudaría a fundar la OPEP junto a Irán.
El autor del capítulo advierte que esta cooperación probablemente produjo pocos resultados prácticos. Aun así, su sola existencia es reveladora: dos regímenes distantes, cada uno temeroso de la revolución y del abandono de Estados Unidos, encontraron por un momento valor en compartir información sobre enemigos comunes.
EL GIRO SOVIÉTICO
Mientras las sanciones se endurecían, Trujillo hizo algo que pocos habrían anticipado: exploró abrir relaciones con la Unión Soviética. Representantes dominicanos y soviéticos sostuvieron conversaciones en la sede de la ONU en Nueva York, en Bruselas, en El Cairo y también en Teherán —lo que confirma cuán central se había vuelto la posición diplomática de Rosemberg.
En abril de 1961, el embajador soviético en Irán, Nikolai Pegov, solicitó una reunión formal con Rosemberg para proponer el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Moscú y Santo Domingo, además de varios programas de cooperación soviética en la isla. La única condición de Moscú era que República Dominicana mejorara sus relaciones con La Habana.
Es decir: el mismo Trujillo que perseguía comunistas en su propio país y que colaboraba con la SAVAK para cazarlos en el extranjero, sopesaba —aunque fuera como última carta— una apertura hacia la URSS. Rosemberg, pese a su postura abiertamente anticomunista, llegó incluso a reconocer en sus reportes que la embajada soviética en Teherán era más profesional y mejor informada que la estadounidense, a la que criticaba por su desinterés y su aislamiento de la sociedad iraní.
UNA RELACIÓN QUE MURIÓ CON UN DICTADOR
El asesinato de Trujillo, el 30 de mayo de 1961, puso fin abruptamente al experimento. Rosemberg estaba en Francia junto a Ramfis Trujillo cuando llegó la noticia, y ambos regresaron de inmediato a Santo Domingo. Semanas después, volvió brevemente a Teherán solo para cerrar la legación, despidiéndose del Sha en febrero de 1962.
Lo que Rosemberg dijo en esa despedida revela hasta qué punto el asesinato lo transformó. Según el encargado de negocios francés en Teherán, Rosemberg declaró a la prensa que renunciaba a su nacionalidad dominicana por oposición al nuevo régimen, y llegó a acusar abiertamente a la administración de Kennedy de haber promovido el asesinato de Trujillo —una acusación con fundamento: el capítulo confirma que el magnicidio fue organizado en secreto por la CIA durante el gobierno de Kennedy, buscando estabilidad política en la isla y evitar el riesgo de una segunda Cuba en el Caribe. Más sorprendente aún, el otrora fiel aliado del Sha también empezó a expresar simpatía por Fidel Castro, por su enemistad implacable con Washington.
Los gobiernos que sucedieron a Trujillo tuvieron poco interés en preservar una relación tan personal y políticamente sensible. Los lazos dominicanos con Estados Unidos y América Latina comenzaron a normalizarse, restableciendo las rutas tradicionales para comprar petróleo y vender azúcar. La conexión de inteligencia era una herencia incómoda, y ninguna de las dos partes hizo un esfuerzo serio por revivir la alianza.
Durante unos años extraordinarios, sin embargo, el Caribe y el golfo Pérsico estuvieron conectados por mucho más de lo que la geografía sugeriría. Azúcar dominicano, petróleo iraní, lazos de familia real, temores de inteligencia compartidos —y, al final, hasta un coqueteo con Moscú— tejieron una alianza insólita, tan dependiente de Rosemberg y de Trujillo que no pudo sobrevivirlos.
Es un capítulo pequeño de la historia dominicana, pero fascinante: la prueba de que, durante la Guerra Fría, hasta las relaciones más inesperadas podían florecer rápido cuando el comercio, la ambición personal y la supervivencia política apuntaban en la misma dirección.
Nota de fuente: este artículo se basa principalmente en el capítulo de Fernando Camacho Padilla, "Iran and the Dominican Republic, 1958–1961: Trade and Intelligence Cooperation during Leland Rosemberg’s Mission to Tehran", publicado en Iran and Global Decolonisation: Politics and Resistance After Empire (Gingko, 2023).

