Jarabacoa: escapar de Santo Domingo para terminar llevándolo contigo
Salir de Santo Domingo un viernes por la tarde sigue siendo una excelente manera de poner a prueba el carácter. La Núñez de Cáceres arde, la Duarte se arrastra y el aire acondicionado trabaja horas extras para convencerte de que todavía vale la pena tener carro.
Pero uno sigue.
Pasado el cruce de La Vega, comienza otra cosa. La carretera sube, aparecen las curvas, cambia la vegetación y el termómetro empieza a bajar. De repente abres la puerta en una estación de combustible y el aire no parece dominicano. Hay humedad, olor a pino y, dependiendo de la hora, hasta hace frío.
Eso, en este país, ya es lujo.
Jarabacoa entendió hace tiempo algo que buena parte de la industria turística dominicana todavía vende al revés: para quien vive doce meses en el Caribe, escapar no necesariamente significa buscar más playa.
Playa tenemos de sobra.
Lo escaso son dieciocho grados a las ocho de la noche.
Y como ocurre casi siempre, cuando algo es escaso termina convirtiéndose en símbolo de estatus.
Por eso la Jarabacoa de hoy tiene poco que ver con aquella imagen del pueblo de flores, café, vegetales y casas de montaña. Todo eso sigue ahí, por supuesto. Pero encima ha crecido otra Jarabacoa: la de las villas escondidas entre pinos, los grandes ventanales, la piedra, la madera tratada, los portones y los terrenos donde la distancia hasta el vecino forma parte del precio.
No se trata necesariamente de enseñar la casa. Más bien de lo contrario.
En Santo Domingo, el lujo suele exhibirse. En Jarabacoa puede darse el lujo de esconderse.
Decir que uno se va “para la cabaña” el fin de semana también adquirió su propio significado social. No hace falta explicar demasiado dónde queda, cuánto costó o quiénes estarán allí. En determinados círculos de Santo Domingo y Santiago, la frase ya viene con subtítulos.
La geografía ayuda.
Jarabacoa está suficientemente lejos para sentir que uno escapó y suficientemente cerca para no convertir la escapada en una expedición. Un viernes todavía se puede cerrar una oficina en la capital y, unas horas después, estar frente a una chimenea.
Una chimenea.
En República Dominicana.
Quizás pocas cosas expliquen mejor el atractivo del lugar. Tenemos un país entero diseñado alrededor de combatir el calor y hemos conseguido crear un mercado inmobiliario premium alrededor del privilegio de sentir frío.
Naturalmente, el dinero siguió a la temperatura.
Hoy conviven en Jarabacoa dos economías que a veces parecen mirarse con curiosidad desde lados opuestos de la misma carretera. El productor agrícola sigue bajando con su camioneta o su tractor mientras detrás aparece un todoterreno cuyo precio podría financiar varias cosechas.
El comercio también aprendió quién llega los viernes. Ya no basta con vender arroz, habichuelas y cerveza. El visitante de fin de semana quiere vino importado, buenos cortes de carne, café de origen, quesos, restaurantes y todas las pequeñas comodidades de la ciudad de la que supuestamente vino a escapar.
Y ahí comienza el problema.
Porque una cosa es llevar dinero a la montaña y otra llevar la ciudad completa.
Los buggies, four wheels, caravanas, bocinas y vehículos que atraviesan caminos rurales como si estuvieran participando en una competencia son quizá la expresión más visible del choque. Para quien llega desde Santo Domingo puede ser una manera de “soltar el estrés”. Para quien vive allí todos los días es polvo, ruido y tráfico frente a su casa o su finca.
No es exactamente la misma experiencia.
Algo parecido ocurre con la construcción. Cada nueva villa confirma que Jarabacoa tiene demanda. Cada proyecto inmobiliario demuestra que hay capital dispuesto a subir la montaña. Eso es desarrollo, empleo y actividad económica.
Hasta que deja de serlo.
Porque una montaña tiene una característica incómoda para el negocio inmobiliario: no se fabrica más montaña.
Cuando sube el precio de la tierra, el propietario celebra. Cuando un joven nacido en Jarabacoa descubre que ya no puede comprar un solar cerca del lugar donde creció, la lectura cambia bastante. Y cuando para vender “naturaleza” hay que desmontar precisamente la naturaleza que justificaba el precio, uno empieza a sospechar que algo no cuadra.
Esa es probablemente la contradicción más interesante de la nueva Jarabacoa.
El capitaleño sube buscando silencio y lleva bocinas. Busca bosque y construye sobre la ladera. Busca distancia de Santo Domingo y exige restaurantes, supermercados, carreteras y servicios cada vez más parecidos a Santo Domingo.
Nada de esto significa que Jarabacoa deba cerrarse al visitante o mirar con desprecio la inversión. Sería absurdo. Buena parte de su dinamismo actual depende precisamente de esa relación entre la economía local y quienes llegan de fuera.
Pero tampoco todo edificio nuevo merece automáticamente llamarse progreso.
Jarabacoa tiene algo que Santo Domingo perdió hace mucho tiempo: espacio, temperatura, silencio y la sensación de que todavía se puede bajar la velocidad.
Eso es exactamente lo que estamos comprando cuando subimos.
La pregunta es si tendremos la sensatez de no destruirlo después de pagarlo tan caro.


