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Vida USA - Domi

El mito del 50/50 y los cuartos en el Caribe

El otro día estaba en una terraza de la Zona Colonial y en la mesa de al lado había un español discutiendo con una muchacha de aquí. El tipo, con su tono de contable madrileño, insistía en que lo justo era transferirse exactamente la mitad de la cuenta del restaurante por una aplicación bancaria. Ella lo miraba con una mezcla de aburrimiento y lástima, le dio una calada al cigarrillo y pidió otro trago sin mirarlo. Al final, el tipo terminó pagando con cara de haber sido víctima de un atraco caribeño, murmurando algo sobre la igualdad de género.

Esa escena la ves a diario en los foros de expatriados y en los chats de WhatsApp de los extranjeros que llegan a Santo Domingo. Todos lloran por la famosa frase: “Lo mío es mío y lo tuyo es de los dos”. Se convencen de que la mujer dominicana viene con un chip de fábrica para vaciarles los bolsillos mientras guarda su sueldo en una cuenta secreta para gastárselo en el salón o en ropa de marca.

Pero esa queja dice más de la tacañería o de la ingenuidad del que viene de fuera que de cómo funciona una casa aquí. En esta isla el dinero no se mueve por la lógica fría de una hoja de Excel; se mueve por un orgullo masculino que a veces da un poco de risa, pero que es el que sostiene el tinglado.

Al hombre de aquí le puedes decir lo que sea, pero si insinúas que no puede mantener su casa, el tipo se desinfla. Por eso asume los gastos fijos: el alquiler, la luz, el colmado y el internet. Es una especie de impuesto no escrito que paga para sentir que tiene la última palabra, aunque después en la cocina mande ella.

¿Significa eso que las mujeres viven gratis? Para nada. Lo que pasa es que hay que saber mirar dónde gotean sus cuartos. Mientras el hombre paga las facturas grandes que dan la cara frente a los vecinos, el sueldo de ella es el que resuelve los incendios que nadie planea. De ahí sale el uniforme de la escuela de los muchachos cuando el viejo se queda limpio a mitad de mes, la compra imprevista cuando se daña la nevera, y esos cinco o diez mil pesos que se le mandan mensualmente a la mamá vieja en el pueblo para sus pastillas de la presión. Al final, no hay cuentas compartidas porque las prioridades están claras en el día a día. Uno pone el cascarón y la otra hace que la vida adentro no sea un infierno.

El problema gordo empieza cuando meten la vida en dos maletas y se mudan a un apartamento en El Bronx o a un piso en Usera. Ahí la tradición se congela.

Con los alquileres de Nueva York y el frío de enero, la fantasía del proveedor único se desmorona antes de que llegue el primer recibo de la calefacción. Las dominicanas que emigran no van a pasear por la Quinta Avenida; se fajan en turnos criminales en los hospitales cuidando viejos que apenas les hablan, abren salones de belleza improvisados en los sótanos o limpian lo que aparezca. Y ahí, por pura supervivencia, el “lo mío es mío” se archiva porque no queda de otra. Toca meterse en el aro de pagar el rent a medias porque el sistema americano no entiende de caballeros coloniales.

Pero hay un detalle que los analistas de internet nunca calculan porque no lo viven: esa mujer que está pagando el 50/50 en Nueva York sigue teniendo la mitad del cerebro metida en la isla. A lo mejor comparte las cuentas con el marido en el norte, pero una parte enorme de su sudor sigue viajando cada mes en una remesa por Caribe Express. Su dinero no es para lujos; es el cable a tierra que mantiene comiendo a la familia que se quedó atrás. A veces, incluso, sospecho que ellas mandan más dinero del que admiten en casa para evitarse otra discusión.

Por eso los matrimonios en la diáspora revientan tan fácil. El hombre llega allá y sufre una crisis de identidad terrible cuando descubre que su sueldo no da para más que un sótano húmedo, y encima ve que su mujer gana lo mismo o más que él. El viejo lema de “El que paga, manda” se desvanece en el aire. Si el tipo no sabe tragar hondo, cambiar la mentalidad y aceptar que ahora es un socio y no el jefe, la relación termina directo en manos de un abogado de divorcios.

Es un juego de roles que cambia según el mapa, nada más. En la isla el hombre paga la fachada y la mujer sostiene el fondo familiar; en el extranjero el asunto se convierte en una economía de guerra donde ellas suelen ser el verdadero motor. El que venga al Caribe buscando un contrato de contabilidad a partes iguales desde la primera cita, simplemente no sabe dónde está parado.

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