El arte de sembrar mañanas entre Santiago y Berlín
Las ciudades no se construyen solo con cemento, varilla y resoluciones municipales. Se sostienen también en algo más impreciso pero igual de duro: la imaginación de la gente que las habita. Lo decía esta semana la vicealcaldesa Mariana Moreno en el Botánico: una urbe no se planifica únicamente con planos y datos, sino cuando sus ciudadanos se atreven a pensar el futuro que quieren. El pasado martes, a la sombra del arbolado santiaguero, la hidalga no asistió a la inauguración de una escultura de parque, sino al lanzamiento de un experimento de memoria colectiva.

El “Árbol de la Utopía”, concebido por el artista alemán-santiaguero Yves Drube, no busca la contemplación pasiva desde un pedestal. Es un proyecto participativo. Niños, jóvenes y adultos escribieron de su puño y letra lo que esperan del mañana: deseos personales, ideas y reclamos de ciudad. Esos papeles quedaron guardados dentro de una estructura de mortero de la que nace un árbol real. Con el tiempo, cuando el tronco engrose y las raíces presionen el mortero, la estructura se irá agrietando hasta dejar salir, quién sabe cuántos años después, lo que se escribió hoy.
El proyecto rescata además un vínculo viejo y conocido en la región: la presencia germana en el Cibao. No es una historia nueva ni de protocolo diplomático. Viene de lejos, de aquellas casas comerciales de la calle del Sol y del comercio de tabaco que conectaba directamente los campos de la zona con el puerto de Hamburgo a finales del siglo XIX. La relación de esta franja del país con el centro de Europa siempre tuvo una impronta comercial y práctica muy clara.

Pero la historia guardada en carpetas sirve de poco si no se mueve. El plan anunciado por la Alcaldía de abrir nuevas vías de cooperación cultural enfocadas en fotografía, arte digital y tecnologías de la imagen junto a los jóvenes apunta en la dirección correcta: no quedarse en la foto antigua, sino usar esa memoria para abrir espacios nuevos.
En esa misma línea encajan las palabras de Moritz Jacobshagen, de la Embajada alemana, al hablarle a los muchachos que estaban allí: “Imagínense libremente el mundo que quieran. Y esa utopía debería ser su motivación diaria para levantarse en la mañana, estudiar y trabajar duro. No para hacerse ricos, sino para hacer la diferencia y dejar a sus hijos el mundo que merecen.” Sin rodeos ni retórica vacía.
Ahí está el punto clave de la iniciativa. Que los estudiantes del St. David’s School no solo fueran a depositar sus notas, sino que asumieran el padrinazgo de la obra, le da sentido al asunto. En un tiempo dominado por la prisa del teléfono y lo efímero, sentar a un grupo de muchachos a escribir en papel y comprometerse con el cuidado de un árbol que tardará décadas en crecer es un buen ejercicio de paciencia cívica.
Con el respaldo del Jardín Botánico, la música del Instituto de Cultura y Arte (ICA), el Ministerio de Cultura y varias empresas privadas de la zona —Cementos Cibao, Baldom, Bermúdez y Alba Brewing—, la actividad demostró que la gestión pública funciona mejor cuando suma aliados sin convertir el acto en una pasarela oficial.
El “Árbol de la Utopía” ya está sembrado. Ahora le toca al tiempo y a las raíces hacer su trabajo en silencio para que, el día de mañana, la ciudad reencuentre las ideas que le dejaron sus ciudadanos de hoy.





