El dictador que no sudaba y el mono que lo asustó: las leyendas de Trujillo
Basado en el video de Alec Corday en el canal de KiskeyaLife en YouTube: TRUJILLO y el MONO | 6 extrañas leyendas sobre Trujillo: ¿realidad o ficción?
Durante los treinta y un años de Trujillo, hablar de más podía costarle a uno la libertad o la vida. Había cosas que no se publicaban, preguntas que nadie hacía y conversaciones que se interrumpían cuando llegaba alguien desconocido. Pero en los patios, los colmados y las reuniones de familia seguían circulando historias sobre el Jefe. Algunas venían de la propaganda; otras, del miedo, la superstición o las ganas de burlarse de él sin decirlo demasiado claro. Con los años se fueron mezclando, hasta que resultó difícil saber dónde terminaba la anécdota y empezaba el cuento.
Una de las más conocidas era que Trujillo no sudaba. Podía aparecer bajo el sol con uniforme de gala, medallas y charreteras, y se suponía que ni una gota le corría por la frente. Aquello encajaba con la imagen que el régimen quería imponer: un hombre que aguantaba más que los demás, que no se cansaba y que siempre conservaba la compostura. Lauren Derby ha estudiado esa construcción de su imagen, en la que también intervenían el polvo facial y los retoques fotográficos.
La travesía a caballo de Santiago a San José de Ocoa, en 1937, dio otra ocasión para insistir en su resistencia física. La propaganda convirtió el recorrido por la cordillera en una hazaña del Jefe. Quien conozca aquellas lomas puede hacerse una idea del esfuerzo, incluso a caballo. Lo de que no sudaba resulta bastante menos creíble. Otra cosa era quién se atrevía a comentarlo.
También se contaban historias sobre sus temores. Bienvenido Rodríguez, conocido en la capital como Chochueca, frecuentaba hospitales, funerarias y velorios. Su presencia acabó asociándose con la muerte: si aparecía por algún sitio, había quienes lo tomaban como un mal presagio. La fama debió de hacerle poca gracia a él, pero bastó para que su nombre quedara en la memoria de la ciudad.
Hans Paul Wiese Delgado recoge una anécdota de 1958. Según su relato, Trujillo se encontró con Chochueca bajo una marquesina en la Feria de la Paz y dispuso que le dieran cien pesos, pero que fuera a buscarlos a su casa. Allí, habría dicho, nadie se iba a morir. La historia presenta a un Trujillo que prefería alejar al hombre antes que tenerlo cerca. Cien pesos eran mucho dinero para resolver una incomodidad de ese tipo.
Héctor Tineo también le atribuye miedo a los truenos, los perros y los aviones. A eso se suman los relatos sobre su rechazo a encontrarse con determinados enfermos y sobre personas enviadas a Nigua a las que se calificaba de “pájara brava”. Son testimonios y anécdotas que conviene leer como tales. No todos tienen el mismo respaldo, aunque han contribuido a una imagen del dictador bastante distinta de la que aparecía en los actos oficiales.
Las versiones sobre consultas a brujos, despojos y protecciones contra la traición pertenecen a ese mismo repertorio. Se repiten con frecuencia, pero la repetición no basta para dar cada una por cierta. En torno a Trujillo se acumuló tanta historia que hasta una frase dicha durante un trago podía adquirir, después de su muerte, el valor de un anuncio.
Don Chucho Álvarez dejó escrito que, unas semanas antes del 30 de mayo de 1961, Trujillo dijo “los dejo pronto” mientras tomaba ginebra a bordo del yate Angelita. Leída después del ajusticiamiento, la frase parece una premonición. Qué quiso decir en aquel momento es más difícil de saber. Tampoco podemos saber cuánto pesó lo ocurrido después en la manera de recordar aquella conversación.
Otra creencia intentaba explicar algo que preocupaba mucho más a la gente: cómo se enteraba Trujillo de lo que se decía, incluso en privado. De ahí venía el “Muchachito”, un espíritu que supuestamente lo acompañaba y le avisaba de las conspiraciones. El cuento ofrecía una explicación para las detenciones y para esa sensación de que cualquier comentario podía acabar llegando al Palacio.
Había razones suficientes para tener miedo sin recurrir a un duende. El régimen contaba con informantes, delatores y cuerpos de vigilancia; en sus últimos años, el SIM fue una de sus principales herramientas de persecución. Un chofer, un vecino, un compañero de trabajo o alguien de confianza podía repetir lo que había escuchado. Un comentario hecho en casa podía terminar en un interrogatorio. No hacía falta que Trujillo lo supiera todo: bastaba con que nadie estuviera seguro de qué sabía ni de quién se lo había contado.
Entre esas historias también quedó sitio para la burla. Una de las más recordadas es la del chimpancé que habría acorralado a Trujillo en el Malecón. El animal sí existió. Se llamaba Buche, había llegado de África con la familia Nadal y vivía en una casa de la avenida Máximo Gómez. Sus escapadas y sus ocurrencias le dieron fama en la zona.
Según la historia de la familia, después de morder a uno de sus dueños fue donado al antiguo zoológico situado donde hoy está el Parque Iberoamérica. El supuesto encuentro con Trujillo pertenece a la leyenda. En el cuento, Buche conseguía poner en apuros al hombre al que nadie se atrevía a contrariar. Era una escena demasiado buena para que la gente dejara de repetirla.
No hay que creer todas estas historias para encontrarles interés. Algunas muestran cómo el régimen fabricaba la imagen de Trujillo; otras recogen lo que se decía de él cuando no estaba delante. También quedaron los chistes, exagerados y difíciles de comprobar, que permitían reírse un poco del Jefe. Al contarlos había que saber quién escuchaba.



