Jarabacoa: 168 años de merengue, promesas y la amenaza de "morir de éxito"
El pasado 27 de septiembre, Jarabacoa apagó las velas de sus 168 años de vida municipal. El libreto oficial se ejecutó sin una sola fisura: discursos solemnes, la correspondiente parada cívica ante el pabellón nacional y una potente dosis de merengue típico a cargo de El Krispy y El Jeffrey para mantener en alto la efervescencia patria. Hubo hasta espacio para el aplauso nostálgico al rendirle homenaje en vida a Enmanuel Jiménez —nuestro Ala Jaza—. Hasta ahí, la postal turística perfecta. La "ciudad de la eterna primavera" celebró casi diecisiete décadas bajo el gastado lema del progreso de montaña.
Sin embargo, para entender la verdadera escala de lo que hoy está en juego, hay que mirar más atrás en el tiempo. Mucho antes de que el Ayuntamiento levantara tarimas, este valle protegido de la Cordillera Central era hogar de los taínos, asentados en el cacicazgo de Maguana como parte del reino del Cibao. De su lengua nació el nombre mismo del lugar: la combinación de Jaraba y Coa, que bautizó a estas tierras como el «Lugar de las Fuentes de Agua». Los conquistadores españoles se adentraron en sus laderas en busca de oro, pero la feroz resistencia de los nativos obligó a los exploradores a abandonar la expedición inicial; incluso hoy, en los lechos de varios de sus ríos, aún se pueden lavar pequeñas chispas de ese metal codiciado.
Durante la colonia, la presencia hispana se reanudó mediante la explotación minera y la hato ganadería. Pero el verdadero giro demográfico llegó a principios del siglo XIX. Las revueltas de esclavos en la colonia francesa de St. Domingue impulsaron a numerosas familias blancas a abandonar las llanuras e instalarse en el valle en 1805. El aislamiento geográfico de la sierra no solo permitió la preservación de estas familias y sus descendientes hasta nuestros días, sino que también favoreció un índice de supervivencia y herencia genética taína considerablemente superior al promedio nacional.
Esa riqueza demográfica e histórica es la base sobre la cual Jarabacoa se transformó, en las últimas décadas, de una apacible villa de descanso en un vibrante polo económico. Muestra innegable de esa pujanza es la llegada de los grandes gigantes del retail dominicano: firmas como La Sirena, El Nacional y Olé no solo han apostado decididamente por el municipio, sino que confirman el alto poder adquisitivo y el dinamismo comercial que vive la zona.
El problema empieza cuando se apaga el amplificador, se desmonta la tarima y el humo de la fiesta se disipa. Es ahí donde queda al desnudo la pregunta incómoda que la burocracia prefiere esquivar entre trago y trago: ¿hacia dónde va realmente este supuesto desarrollo?
En la República Dominicana, el éxito comercial e inmobiliario suele operar con la voracidad de un incendio forestal. Hoy, el murmullo histórico del Salto de Jimenoa y el frescor del Baiguate compiten de tú a tú con el rugido incesante de los motores, las motoniveladoras y la fiebre indiscriminada de la construcción de villas y proyectos residenciales. El turismo de masas y la especulación de la tierra amenazan con asfixiar los mismos ríos y pinares que dieron origen a la «Tierra de Fuentes de Agua».

Celebrar la memoria histórica y la confianza de las grandes inversiones es legítimo, pero el verdadero mérito de las autoridades no se mide en la cantidad de permisos de construcción o licencias comerciales firmadas a ciegas, sino en la capacidad real para ponerle un freno a la depredación ambiental y garantizar que el agua siga corriendo limpia desde las alturas.
Jarabacoa camina hoy sobre el filo de una navaja. Pretender abrazar la modernidad y la expansión comercial sin un plan estricto de ordenamiento territorial no es visión de futuro: es una crónica de colapso ecológico anunciada. Ojalá las promesas del aniversario sobrevivan a la resaca institucional y el orgullo jarabacoense sirva para algo más que para subir fotografías con filtro a Instagram. De nada nos servirá contar con los mejores supermercados y un clima privilegiado si en el camino terminamos secando la mismísima fuente que nos da de comer.



