El misterio de los huesos de Colón: Ni la tecnología apaga la picaresca histórica
Hay historias que solo la genética moderna y una buena dosis de tozudez nacionalista pueden sostener durante siglos. La saga de los restos de Cristóbal Colón es una de ellas. En octubre de 2024, el genetista forense José Antonio Lorente, de la Universidad de Granada, soltó el bombazo: tras más de dos décadas cruzando datos, el ADN confirmó de manera irrefutable que los huesos sepultados en la Catedral de Sevilla pertenecen al almirante.
Fin del debate, dirán algunos. Pero en el Caribe conocemos bien cómo funciona la política de los símbolos, y este drama está lejos de ser un capítulo cerrado.
La comedia de errores empezó temprano. Colón murió en Valladolid en 1506, pero sus restos fueron trasladados a la catedral de Santo Domingo en 1542. Allí descansaron tranquilos hasta 1795, cuando España, acorralada por Francia, decidió empacar lo que creía que eran los huesos de su navegante estrella para llevárselos a La Habana y, finalmente, a Sevilla en 1898. El problema es que en 1877, unos obreros que excavaban en la Catedral de Santo Domingo se tropezaron con una caja de plomo con una inscripción rotunda: “Varón ilustre y famoso Don Cristóbal Colón”.
Desde entonces, el pulso quedó servido. ¿Se llevaron los españoles el cuerpo equivocado en 1795? Durante un siglo, la diplomacia se alimentó de ese choque de orgullo: España exhibiendo su sepulcro sevillano y República Dominicana guardando los suyos como un tesoro sagrado en el Faro a Colón.
El equipo de Granada intentó resolver el entuerto comparando el ADN mitocondrial de los restos de Sevilla con los de su hermano Diego y su hijo Hernando. Las secuencias encajaron. Sin embargo, la ciencia tiene sus límites cuando tropieza con la fe institucional. Para cerrar el círculo era imprescindible analizar la osamenta custodiada en Santo Domingo, pero las autoridades dominicanas se negaron rotundamente a permitir la extracción de muestras. Un no categórico amparado en el respeto religioso y, seamos honestos, en un escepticismo táctico: ¿para qué arriesgar el relato oficial y el atractivo de un monumento nacional?
El propio Lorente dejó caer una rendija de prudencia que en el Caribe conocemos de sobra: los esqueletos están incompletos. Entre tantos traslados, maremotos políticos y manipulación de urnas a lo largo de quinientos años, es perfectamente plausible que los restos terminaran fragmentados. Una parte en Sevilla, otra parte en Santo Domingo. Una solución muy salomónica para un enigma geopolítico.
El estudio aportó además un ingrediente picante al debate sobre el origen del navegante, sugiriendo un linaje hispano y posiblemente judeoconverso, lo que desmontaría la clásica tesis genovesa. Pero más allá de las secuencias genéticas y las teorías de origen, el hallazgo llega en un momento de profunda revisión histórica. La figura del almirante ya no despierta el entusiasmo unánime de antaño, y mientras la ciencia intenta fijar la verdad biológica, la memoria colectiva sigue dividida.
Sevilla tiene la certeza del laboratorio; Santo Domingo conserva el misterio y la caja de plomo. Al final, da la impresión de que ambos lados mantendrán su pedazo de historia.


